Y si casi
todo el tiempo lo confundo con un temblor, pienso que las entrañas de la tierra
se mueven de forma abrupta y hacen sacudir mi cuerpo con brutalidad infinita,
miro las lámparas para comprobar mis sospechas, congeladas, quietas, inamovibles.
En ese instante me doy cuenta que ese temblor que siento, no proviene del
suelo, sino de mi pecho, mi corazón, mi corazón palpita con tanta rapidez y
fuerza que hace mover mi delgado cuerpo como un oscilante péndulo. Desesperación,
eso es lo que hace que tiemble sin control, desesperación, es la provoca en mis
dolores y angustias, angustias que cualquiera diría que son sandeces absurdas,
y no los culpo por decirlo, cuando la desesperación cesa y la cordura (si se le
puede llamar así) regresa para tomar su habitual lugar, también admito que son
estupideces, pero de vez en cuando me gusta imaginar que estos momentos de desesperación
y dolor son tan puros que me dan un poco de fulgor, un poco de luz a las
callejuelas oscuras e insípidas que podemos llamar vida. Pero solo es un imaginario,
fruto de la desesperación y el dolor que siento en este instante, tal vez la
vida no sea la callejuela sino el fulgor, y tal vez la desesperación no sea el
fulgor sino la callejuela.
Pero ¿quién
soy yo para valorar estas cosas?, ¿quien soy yo para para siquiera intentar convencerte
de ellas?, menos ¿quién soy yo para decírtela, pero quien soy yo para siquiera
pensarla?
Pues solo
soy, tal vez ni “yo” debería denominarme, pero igual lo hare, yo no soy nadie
para ti, tal vez ni siquiera existo para mí, tal vez ni siquiera existo en
realidad, pero aun así escribo, escribo para mí, para ti, si quieres leerlo, también
escribo para el ciego y para el tonto. Escribo para el que quiere entender y no
le importa morir en el intento.
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